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ADIÓS, INSTAGRAM


Al inicio funcionó y todo parecía marchar sobre ruedas… pero con el tiempo comenzó a aturdirme: “no tengo nada que subir hoy, ¿qué posteo, entonces?”


Nunca fui muy buena para las redes sociales. No soy fan de publicar constantemente todo lo que hago y sigo creyendo que, por más transparentes que queramos ser, hay detalles de la vida que no deberían resolverse ni exponerse a través de publicaciones.


Chapada a la antigua, que llaman. Qué se yo.


Cuando me adentré en el maravilloso mundo de la creación de contenido abrí una cuenta de Instagram exclusiva para mostrar ese proceso. Por tratarse de una cuenta profesional, me hice un calendario mensual con ideas para publicaciones y determiné que compartiría fotos cada lunes, miércoles y viernes al mediodía, religiosamente. Al inicio funcionó y todo parecía marchar sobre ruedas… pero con el tiempo comenzó a aturdirme: “no tengo nada que subir hoy, ¿qué posteo, entonces?”


Sentada a la mesa, leyendo, dibujando… no importaban las circunstancias: de la nada me sentía culpable por no haber compartido material nuevo en mi cuenta (más si llevaba mucho sin postear) e inmediatamente interrumpía lo que estaba haciendo para buscar en mi calendario qué podía subir. A veces, y con mucha suerte, encontraba algo, pero la mayoría del tiempo me frustraba caer en la cuenta de que no me apetecía subir nada en particular.


Y el hecho de que me frustrara eso comenzó a preocuparme.


A esa incapacidad de mantener mi rutina de posteo se sumó mi temor a la vida “perfecta” que a todo el mundo le gusta mostrar en redes. No podía evitar preguntarme qué pensaba la gente de mí si me juzgaban solo por mis fotos y definitivamente no quería subirme al tren del influencer feliz e inmaculado. Comparé mis dos cuentas de Instagram y entendí que, por más reales que fueran mis fotos, mi cuenta personal me reflejaba mejor que cualquier cosa.


Como sospecharás, cerré mi cuenta profesional. Ahora no me genera estrés subir contenido porque comparto lo que quiero, cuando quiero. ¿Y si no tengo nada que compartir? Fácil: no subo nada. No tengo que postear fotos para cumplir con una obligación que yo misma puse sobre mis hombros.


Ya empecé a sentir un impacto positivo en mi salud mental y en mi productividad, ¡no puedo estar más contenta con mi decisión!


¿Cómo es tu relación con las redes sociales?



Silvia